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dilluns, 31 d’octubre de 2016

El nen de la padrineta --- El nene de su madrina

[Entrada 143]

El nen de la padrineta


Tornant del cap de setmana reflexionava sobre les emocions que havia sentit al poble del meu pare després de tants anys. Als meus 6 anys, hi havia passat un llarg estiu que es va acabar a primers d'octubre. Després hi havia tornat una curta temporada, de dues o tres setmanes, també a l'estiu, ja amb 12 anys. De llavors fins avui hi havia fet unes poques visites esporàdiques, curtes, d'un dia, acompanyant el meu pare. Des de la seva mort no hi havia tornat.

Acabava de passar el cap de setmana complet al poble. Havia visitat família que feia segles que no veia. Un dels meus cosins em va preguntar: per què has trigat tant a tornar? No li vaig donar una resposta honesta. La veritat és que tampoc en sóc molt conscient de la raó per la qual he trigat tant a tornar-hi. Potser sigui perquè en realitat no se m'hi havia perdut res en aquell poble. Els únics llaços que m'hi quedaven estaven al cementiri. Mon pare, tot i haver nascut allí, hi anava ben poc. La seva família directa havien emigrat amb ell. I jo només tenia els records d'una llarga estada a la meva infància i una de més curta cap al final d'aquesta, a casa de la meva padrina. Tot i que un altre dels meus cosins em va assegurar que no, que hi havia anat 3 o 4 estius, sé que s'equivocava. Aquesta visita, com la magdalena de Proust, va reviure records de la meva infància.

Pel que en sé de la meva infància, entre el que recordo i el que m'han explicat, vaig ser un nen força entremaliat. No era dolent, perquè no tenia malícia, sinó que era mogut, inquiet i tafaner, sobretot tafaner. Desmuntava les joguines per saber com estaven fetes i com funcionaven, i remenava tots els mobles per saber que contenien els calaixos i els prestatges. Ho feia tant a casa meva com a les cases on anava de visita, si podia. Al poble em vaig fer famós per la meva desimboltura. Però no tot foren flors i violes. Una cosina em va explicar que em passava hores castigat perquè sovint anava més enllà del que es considerava acceptable. Malgrat això, tot el poble em coneixia i, pel que vaig veure, en guardava un bon record de mi.

Al final del meu primer estiu allà parlava el català d'aquell poble, que és ben diferent del que es parla a Barcelona, i em sentia un més dels d'allà, completament integrat. Un dia o dos abans que vinguessin a buscar-me els meus pares per dur-me a casa, va arribar el meu germà gran que llavors tenia uns 8 anys. Ell havia passat l'estiu amb la nostra àvia en un altre poble no gaire allunyat d'on era jo, però no ens havíem vist en tot l'estiu. Recordo com em va molestar la seva presència, suposo que la primera raó és que em robava protagonisme, però especialment el que recordo és que sentia que em prenia part del meu poble, que l'envaïa amb la seva presència i que em retornava a la quotidianitat de la meva vida familiar. En aquell moment a casa érem cinc germans i estàvem a l'espera d'un sisè que va néixer aquell desembre. Allà havia estat durant 3 o 4 mesos l'únic nen, un nen privilegiat com un fill únic, i protegit per la meva padrineta.

I la visita d'aquest cap de setmana em va despertar aquells sentiments adormits durant anys. Tant és així que em van venir ganes de tenir-hi una casa per poder-hi anar de tant en tant a sentir-me el nen de la padrineta.

Una abraçada








El niño de su madrina


Volviendo del fin de semana reflexionaba sobre las emociones que había sentido en el pueblo de mi padre después de tantos años. A mis 6 años, había pasado allí un largo verano que terminó a primeros de octubre. Después había vuelto una corta temporada, de dos o tres semanas, también en verano, ya con 12 años. Desde entonces hasta hoy había hecho unas pocas visitas esporádicas, cortas, de un día, acompañando a mi padre. Desde su muerte no había regresado allí.

Acababa de pasar el fin de semana completo en el pueblo. Había visitado familia que hacía siglos que no veía. Uno de mis primos me preguntó: ¿por qué has tardado tanto en volver? No le di una respuesta honesta. La verdad es que tampoco soy muy consciente de la razón por la que he tardado tanto en volver. Quizás sea porque en realidad no se me había perdido nada en aquel pueblo. Los únicos lazos que me quedaban allí estaban en el cementerio. Mi padre, a pesar de haber nacido allí, iba muy poco. Su familia directa habían emigrado con él. Y yo sólo tenía los recuerdos de una larga estancia en mi infancia y una más corta hacia el final de la misma, en casa de mi madrina. Aunque otro de mis primos me aseguró que no, que había ido 3 o 4 veranos, sé que se equivocaba. Esta visita, como la magdalena de Proust, revivió recuerdos de mi infancia.

Por lo que sé de mi infancia, entre lo que recuerdo y lo que me han contado, fui un niño bastante travieso. No era malo, porque no tenía malicia, sino que era movido, inquieto y curioso, sobre todo curioso. Desmontaba los juguetes para saber cómo estaban hechos y cómo funcionaban, y curioseaba los muebles para saber que contenían los cajones y los estantes. Lo hacía tanto en mi casa como en las casas donde iba de visita, si podía. En el pueblo me hice famoso por mi desparpajo. Pero no todo fue idílico. Una prima me contó que me pasaba horas castigado porque a menudo iba más allá de lo que se consideraba aceptable. Sin embargo, todo el pueblo me conocía y, por lo que vi, guardaba un buen recuerdo de mí.

Al final de mi primer verano allá hablaba el catalán de aquel pueblo, que es muy diferente del que se habla en Barcelona, y me sentía uno más de los de allí, completamente integrado. Un día o dos antes de que vinieran a buscarme mis padres para llevarme a mi casa, llegó mi hermano mayor que entonces tenía unos 8 años. Él había pasado el verano con nuestra abuela en otro pueblo no muy alejado de donde estaba yo, pero no nos habíamos visto durante ese verano. Recuerdo como me molestó su presencia, supongo que la primera razón es que me robaba protagonismo, pero especialmente lo que recuerdo es que sentía que me quitaba parte de mi pueblo, que lo invadía con su presencia y que me devolvía a la cotidianidad de mi vida familiar. En ese momento en mi casa éramos cinco hermanos y estábamos a la espera de un sexto que nació aquel diciembre. Allí había sido durante 3 o 4 meses el único niño, un niño privilegiado como un hijo único, y protegido por mi madrina.

Y la visita de este fin de semana despertó en mi aquellos sentimientos dormidos durante años. Tanto es así que me vinieron ganas de poseer una casa allí para poder ir de vez en cuando a sentirme el nene de mi madrina.

un abrazo


2 comentaris:

  1. Me recordaste una película ("After life" 1998, de Hirozaku Koreeda) en la que los personajes, tras su fallecimiento, se encuentran con una especie de comité de recepción que les propone elegir un momento y un lugar concreto de sus vidas porque es allí donde permanecerán eternamente. Para algunos la elección resulta fácil, pero otros necesitan redescubrir sus propias vidas porque a veces no somos plenamente conscientes del valor que tienen los lugares y vivencias en el momento en que suceden. La película, que es una joya, invita a reflexionar sobre la manera en la que almacenamos los recuerdos, sobre nuestra memoria más íntima, sobre que cosas son finalmente las más valiosas para nosotros mismos, y es una película curiosamente fiel a su propuesta, porque cuando la ves, más o menos te gusta, pero es después de los aňos, que se te queda dentro y al recordarla te das cuenta de que era una maravilla.

    https://youtu.be/DN9sr5wVkik

    Un abrazo
    Pucho

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    Respostes
    1. Evidentemente tendré que ver esa película que aún no he visto, y que no conocía.

      Hace años que defiendo que si pudiera elegir me quedaría con mis 17 años, por muchas razones, aunque ese recuerdo que despertó en un fin de semana tenga su valor y puede que esté más relacionado con mis 17 años de lo que pueda parecer a primera vista.

      Muchas gracias por tu aportación voy ver esa película que propones.

      Un abrazo.

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